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Tabaco

No me gustaba ensillar a Tabaco, amaba acariciar su crin, trenzarla, peinarla y  despeinarla, halarla, introducirla en sus orejas  y reír hasta que con sus ojos me dijera que ya bastaba.

No creo haber sido nunca antes tan sutil como cuando en medio de la noche decidía entrar al establo y quedarme hasta el amanecer a su lado.


Tabaco era un alma perfectamente libre, yo aprendí a no soltar su crin aunque el mundo se estuviera cayendo y él aprendió a cabalgar al paso perfecto para que mis piernas no se elevaran más de lo necesario.

Detestaba que mi padre lo llevara a las cabalgatas, se la pasaba amarrado varias horas afuera de un estadero escuchando solo hombres borrachos y música de cantina, yo lo comprendía, lo veía en sus ojos... su alma era opaca cuando llevaba anteojeras. 
Tabaco me lo enseñó, ese viejo equino me iluminó, desde entonces juré no ensillar un alma nunca jamás; aprendí que más valía verlo lejos de la finca siendo él mismo que observar la tristeza empañando sus ojos atado a un pedazo de madera. 

¿Qué sabe la gente de amor y placeres?, ¿qué saben de almas y libertad?, ¿qué saben de renunciar y entregar? Tabaco se ha ido, en tus ojos veo su alma, lo conozco de principio a fin y sé que después de un tiempo buscarás tu propio camino. 
Puedo percibir una ligera luz tras el cristal opaco, ahí estás, a punto de extinguirte, creerás querer y poder morir solo por permanecer; no lo harás, no lo permitiré. ¡Fuera de este par de muros de tapia! No hay ya más lugar para ti, no es este el ritmo. ¡Vamos! ¡Huye! No es la primera despedida que debo afrontar. He soltado tu crin, ahora salta lo suficientemente fuerte para que me eleves mucho más de lo necesario.





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